-Hola, reina –le dije cuando la vi sentarse. Luego caminé hacia el otro extremo del mostrador, limpiando con un trapo seco la superficie vidriada. Siempre que entraba alguien al restaurante yo hacía lo mismo. Hasta con ella con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad, yo representaba la diaria comedia de hombre diligente.
-¿Qué quieres hoy? –le dije.
Dijo ella: -Primero que todo quiero enseñarte a ser caballero.
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