sábado, 19 de septiembre de 2015

Ficción de Alice Munro


Relato tomado del libro "Demasiada felicidad"

Lo mejor del invierno era volver a casa en el coche, después de todo el día dando clases de música en los colegios de Rough River. Ya había oscurecido, y en la parte alta del pueblo quizá estaba nevando mientras la lluvia azotaba el coche por la carretera de la costa. Joyce dejó atrás los límites del pueblo y se internó en el bosque, y aunque era un bosque de verdad, con grandes abetos de Douglas y cedros, cada cincuenta metros más o menos había una casa habitada. Algunas personas tenían huertos; otras, ovejas o caballos, y había empresas como la de Jon, que restauraba y hacía muebles. También ofrecían servicios que se anunciaban junto a la carretera y en especial en esa parte del mundo: cartas del tarot, masajes con hierbas, resolución de conflictos. Algunos vivían en caravanas; otros se habían construido casas, con tejado de paja y extremos de troncos, y otros, como Jon y Joyce, estaban restaurando viejas casas de labranza. Había algo especial que a Joyce le encantaba ver mientras volvía a casa y entraba en su finca. En esa época mucha gente, incluso algunos habitantes de las casas con techo de paja, estaban instalando lo que llamaban puertas de patio, aun cuando, como Jon y Joyce, no tenían patio. No solían ponerles cortinas, y los dos rectángulos de luz parecían ser indicio o promesa de comodidad, de seguridad y abundancia. Por qué era así, más que con las ventanas corrientes, Joyce no lo sabía. Quizá se debiera a que la mayoría no servía solamente para asomarse sino que se abrían directamente a la oscuridad del bosque y a que exhibían el refugio del hogar con tanta ingenuidad. Gente cocinando o viendo la televisión, de cuerpo entero; escenas que la seducían, aunque sabía que las cosas no serían tan especiales dentro. Lo que Joyce veía cuando entraba en el sendero de su casa, sin pavimentar y encharcado, era el par de puertas de aquellas que había colocado Jon enmarcando el interior resplandeciente y a medio hacer. La escalera de mano, las estanterías de la cocina sin acabar, las escaleras al descubierto, la cálida madera iluminada por la bombilla que Jon colocaba para enfocar donde quisiera, dondequiera que estuviera trabajando. Se pasaba el día trabajando en su cobertizo, y cuando empezaba a oscurecer dejaba libre a la aprendiza y se ponía con las obras de la casa. Al oír el coche de Joyce volvía la cabeza hacia ella un momento, a modo de saludo. Normalmente tenía las manos demasiado ocupadas para saludar con la mano. Sentada allí, con los faros del coche apagados, recogiendo la compra o el correo que tenía que llevar a casa, Joyce era feliz incluso por tener que recorrer ese último trecho hasta la puerta, en medio de la oscuridad, el viento y la lluvia fría. Se sentía como si se librase del trabajo cotidiano, agobiante e inseguro, harta de ofrecer música a indiferentes y sensibles por igual. Mucho mejor trabajar con la madera solo —no tenía en cuenta a la aprendiza— que con las impredecibles crías humanas. A Jon no le contaba nada de eso. No le gustaba oír a los que hablaban de lo básico, delicado y respetable que era trabajar la madera. Qué integridad, qué dignidad tenía. Qué gilipollez, decía él.

Para continuar leyendo este cuento:

El Gordo Luis de Roberto Fontanarrosa

Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos. ¡Renos, mi querido! ¿Cuándo mierda hemos visto un reno nosotros? ¿Alguna vez te fuiste a Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un árbol?

Para continuar leyendo este cuento:

viernes, 18 de septiembre de 2015

El espejo que huye de Giovanni Papini

Una imposible mañana de invierno, en una estación bien conocida, un hombre al que no conozco, con abrigo y dos violetas en el ojal, quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande y que el mundo es bello. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo, que se consumía al viento sin que nunca me lo llevara a la boca. Lo escuchaba y sonreía, y el Hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y ya del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo, al delirio. La fuga de sus rápidas palabras, escurridizas, duras, como acabadas de fundir, como acuñadas de nuevo en algún sitio, hacía poco tiempo, me llenaba de una embriaguez muy parecida a la que da el champaña. Algo picante y saltarín; una necesidad de abrazar y de llorar, de bailar, de reír a pequeños impulsos.

Para continuar leyendo este cuento:

El espejo que huye de Giovanni Papini (Sinopsis)




Autor: GIOVANNI PAPINI
Género: Literatura contemporánea
Editorial: SIRUELA
Fecha de edición: 1988
Número de páginas: 138

Sinopsis:
Dice Jorge Luis Borges, autor de la recopilación y firme defensor del controvertido escritor italiano: "Sospecho que Papini ha sido inmerecidamente olvidado. Los cuentos de este libro proceden de una fecha en que el hombre se reclinaba en su melancolía y en sus crepúsculos, pero la melancolía y los crepúsculos no han cesado aunque ahora el arte los vista con disfraces distintos". La edición de Siruela, en su mítica colección La biblioteca de Babel, incluye los siguientes cuentos:

- "Dos imágenes en un estanque" ("Due immagini in una vasca"), 1908.
- "Historia completamente absurda" ("Storia completamente assurda") , 1906.
- "Una muerte mental" ("Una morte mentale"), 1913.
- "La última visita del caballero enfermo" ("L'ultima visita del gentiluomo malato"), 1904.
- "No quiero más ser el que soy" ("Non voglio più essere ciò che sono"), 1906.
- "¿Quién eres?" ("Chi sei?"), 1907.
- "El mendigo de almas" ("Il mendicante di anime"), 1906.
- "El suicida sustituto" ("Il suicida sostituto"), 1913.
- "El espejo que huye" ("Lo specchio che fugge"), 1906.
- "El día no restituído" ("Il giorno non restituito"), 1907.

Dejar a Matilde de Alberto Moravia

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad. La oportunidad llegó pronto, una noche que la había citado en la plaza Campitelli, cerca de su casa: Esa noche Matilde, simplemente, no vino. Advertí entonces, tras una horita de espera, que sentía más alivio que disgusto, y comprendí que había llegado el momento de la separación. Incierto entre un dolor amargo y una satisfacción agraz, medio contento y medio desesperado, me fui a casa y me acosté en seguida. Pero antes de apagar la luz me santigüé, solemne, y dije en voz alta: -Esta vez se acabó, vaya si se acabó.

Para continuar leyendo este cuento:

El día no restituido de Giovanni Papini

Conozco muchas viejas y hermosas princesas, pero solamente a aquellas que son tan pobres que apenas tienen una pequeña sirvienta vestida de negro y que están reducidas a vivir en alguna degradada villa toscana, una de esas escondidas villas donde dos cipreses polvorientos montan guardia junto a un portal de rejas murado. Si encuentran alguna en el salón de una condesa viuda y fuera de moda llámenla Alteza y háblenle en francés, ese francés internacional, clásico, incoloro que pueden aprender en los Contes Moraux del abate Marmontel; el francés, en fin, de las gens de qualitéi. Mis princesas responderán casi siempre y luego que hayan penetrado en sus pobres almas -pequeñas y llenas de polvo y de quincallería, como oratorios de fines del siglo XVII-, se darán cuenta de que la vida puede ser aceptada y que nuestra madre no ha sido tan necia como parecía poniéndonos en el mundo.

Para seguir leyendo este cuento:

La casa inundada de Felisberto Hernández

De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas. Una tarde, poco antes del anochecer, tuve la sospecha de que el marido de la señora Margarita estaría enterrado en la isla. Por eso ella me hacía dar vueltas por allí y me llamaba en la noche -si había luna- para dar vueltas de nuevo. Sin embargo el marido no podía estar en aquella isla; Alcides, -el novio de la sobrina de la señora Margarita- me dijo que ella había perdido al marido en un precipicio de Suiza. Y también recordé lo que me contó el botero la noche que llegué a la casa inundada. Él remaba despacio mientras recorríamos "la avenida de agua", del ancho de una calle y bordeada de plátanos con borlitas. Entre otras cosas supe que él y un peón habían llenado de tierra la fuente del patio para que después fuera una isla. Además yo pensaba que los movimientos de la cabeza de la señora Margarita -en las tardes que su mirada iba del libro a la isla y de la isla al libro- no tenían relación con un muerto escondido debajo de las plantas. También es cierto que una vez que la vi de frente tuve la impresión de que los vidrios gruesos de sus lentes les enseñaban a los ojos a disimular y que la gran vidriera terminada en cúpula que cubría el patio y la pequeña isla, era como para encerrar el silencio en que se conserva a los muertos.

Para continuar leyendo este cuento:

martes, 18 de agosto de 2015

100 Mejores Cuentos de la Literatura Universal

  1. A la deriva - Horacio Quiroga
  2. Aceite de perro - Ambrose Bierce
  3. Algunas peculiaridades de los ojos - Philip K. Dick
  4. Ante la ley - Franz Kafka
  5. Bartleby el escribiente - Herman Melville
  6. Bola de sebo - Guy de Mauppassant
  7. Casa tomada - Julio Cortázar
  8. Cómo se salvó Wang Fo - Marguerite Yourcenar
  9. Continuidad de los parques - Julio Cortázar
  10. Corazones solitarios - Rubem Fonseca
  11. Dejar a Matilde - Alberto Moravia
  12. Diles que no me maten - Juan Rulfo
  13. El ahogado más hermoso del mundo - Gabriel García Márquez
  14. El Aleph - Jorges Luis Borges
  15. El almohadón de plumas - Horacio Quiroga
  16. El artista del trapecio - Franz Kafka
  17. El banquete - Julio Ramón Ribeyro
  18. El barril amontillado - Edgar Allan Poe
  19. El capote - Nikolai Gogol
  20. El color que cayó del espacio - H.P. Lovecraft
  21. El corazón delator - Edgar Allan Poe
  22. El cuentista - Saki
  23. El cumpleaños de la infanta - Oscar Wilde
  24. El destino de un hombre - Mijail Sholojov
  25. El día no restituido - Giovanni Papini
  26. El diamante tan grande como el Ritz - Francis Scott Fitzgerald
  27. El episodio de Kugelmass - Woody Allen
  28. El escarabajo de oro - Edgar Allan Poe
  29. El extraño caso de Benjamin Button - Francis Scott Fitzgerald
  30. El fantasma de Canterville - Oscar Wilde
  31. El gato negro - Edgar Allan Poe
  32. El gigante egoísta - Oscar Wilde
  33. El golpe de gracia - Ambrose Bierce
  34. El guardagujas - Juan José Arreola
  35. El horla - Guy de Maupassannt
  36. El inmortal - Jorge Luis Borges
  37. El jorobadito - Roberto Arlt
  38. El nadador - John Cheever
  39. El perseguidor - Julio Cortázar
  40. El pirata de la costa - Francis Scott Fitzgerald
  41. El pozo y el péndulo - Edgar Allan Poe
  42. El príncipe feliz - Oscar Wilde
  43. El rastro de tu sangre en la nieve - Gabriel García Márquez
  44. El regalo de los reyes magos - O. Henry
  45. El ruido del trueno - Ray Bradbury
  46. El traje nuevo del emperador - Hans Christian Andersen
  47. En el bosque - Ryonuosuke Akutakawa
  48. En memoria de Paulina - Adolfo Bioy Casares
  49. Encender una hoguera - Jack London
  50. Enoch Soames - Max Beerbohm
  51. Esa mujer - Rodolfo Walsh
  52. Exilio - Edmond Hamilton
  53. Funes el memorioso - Jorge Luis Borges
  54. Harrison Bergeron - Kurt Vonnegut
  55. La caída de la casa de Usher - Edgar Allan Poe
  56. La capa - Dino Buzzati
  57. La casa inundada - Felisberto Hernández
  58. La colonia penitenciaria - Franz Kafka
  59. La condena - Franz Kafka
  60. La dama del perrito - Anton Chejov
  61. La gallina degollada - Horacio Quiroga
  62. La ley del talión - Yasutaka Tsutsui
  63. La llamada de Cthulhu - H.P. Lovecraft
  64. La lluvia de fuego - Leopoldo Lugones
  65. La lotería - Shirley Jackson
  66. La metamorfosis - Franz Kafka
  67. La noche boca arriba - Julio Cortázar
  68. La pata de mono - W.W. Jacobs
  69. La perla - Yukio Mishima
  70. La primera nevada - Julio Ramón Ribeyro
  71. La tempestad de nieve - Alexander Puchkin
  72. La tristeza - Anton Chejov
  73. La última pregunta - Isaac Asimov
  74. Las babas del diablo - Julio Cortázar
  75. Las nieves del Kilimajaro - Ernest Hemingway
  76. Las ruinas circulares - Jorge Luis Borges
  77. Los asesinatos de la Rue Morgue - Edgar Allan Poe
  78. Los asesinos - Ernest Hemigway
  79. Los muertos - James Joyce
  80. Los nueve billones de nombre de dios - Arthur C. Clarke
  81. Macario - Juan Rulfo
  82. Margarita o el poder de Farmacopea - Adolfo Bioy Casares
  83. Markheim - Robert Louis Stevenson
  84. Mecánica popular - Raymond Carver
  85. Misa de gallo - J.M. Machado de Assis
  86. Mr. Taylor - Augusto Monterroso
  87. No hay camino al paraiso - Charles Bukowski
  88. No oyes ladrar los perros - Juan Rulfo
  89. Parábola del trueque - Juan José Arreola
  90. Paseo nocturno - Rubem Fonseca
  91. Regreso a Babilonia - Francis Scott Fitzgerald
  92. Solo vine a hablar por teléfono - Gabriel García Márquez
  93. Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta - Haruki Murakami
  94. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius - Jorge Luis Borges
  95. Tobermory - Saki
  96. Un día perfecto para el pez plátano - J.D. Salinger
  97. Un marido sin vocación - Enrique Jardiel Poncela
  98. Una rosa para Emilia - William Faulkner
  99. Vecinos - Raymond Carver
  100. Vendrán lluvias suaves - Ray Bradbury

Mejores cuentos de la literatura universal